Petricor
Esta era una escena cotidiana en la vida de mi abuela, lo que
más le gustaba hacer era lavar, se paraba horas en el lavadero del patio a
refregar todo trapo que caía en su mano.
Siempre estaba activa y muy actualizada, leía todo periódico que podía.
Angélica, así se llamaba y en su honor le pusieron ese nombre a mi prima.
Mi abuela tenía la cabeza blanca, llena de canas, era
delgada y espigada. Me imagino que de joven debió tener una belleza serena y
grácil. Por las tardes se sentaba en su mecedora en la fachada de su casa de
madera, contaba que esa casa la había construido mi abuelo con sus propias
manos y allí nacieron siete de sus nueve hijos. Con el tiempo perdió el ojo
derecho a causa de la catarata y le pusieron un ojo de vidrio lo que le daba un
aire misterioso pero te acostumbrabas.
A mí me encantaba pasar las vacaciones en su casa, había mucha gente, todos familiares. Mis primos y yo hacíamos
de las nuestras y nos perdíamos en esa gran selva que era su huerta, a nosotros
nos parecía estar verdaderamente en la selva virgen, observábamos gusanos,
orugas, insectos, lagartijas, huevos de lagartijas entre los huecos de las
maderas del cerco…
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