jueves, 4 de febrero de 2016

Petricor


Petricor

¡Angélica! ¡Angélica! ¿Dónde se mete esa niña? _ Mechitaaaa, dile a la Angelita que venga rápido que saque su ropa para lavar, estoy parada hace rato y no sé dónde se ha metido, seguro que debe estar trepada al árbol de mango, ese que está al fondo de la huerta. Ya le he dicho que todavía esos mangos no han madurado, pero ella no entiende. Se sube a la rama llevando sal para comer mango verde con sal, eso hará que su cara esté pálida posheca
Esta era una escena cotidiana en la vida de mi abuela, lo que más le gustaba hacer era lavar, se paraba horas en el lavadero del patio a refregar todo trapo que caía en su mano.  Siempre estaba activa y muy actualizada, leía todo periódico que podía. Angélica, así se llamaba y en su honor le pusieron ese nombre a mi prima.
Mi abuela tenía la cabeza blanca, llena de canas, era delgada y espigada. Me imagino que de joven debió tener una belleza serena y grácil. Por las tardes se sentaba en su mecedora en la fachada de su casa de madera, contaba que esa casa la había construido mi abuelo con sus propias manos y allí nacieron siete de sus nueve hijos. Con el tiempo perdió el ojo derecho a causa de la catarata y le pusieron un ojo de vidrio lo que le daba un aire misterioso pero te acostumbrabas.
A mí me encantaba pasar  las vacaciones en su casa, había mucha  gente, todos familiares. Mis primos y yo hacíamos de las nuestras y nos perdíamos en esa gran selva que era su huerta, a nosotros nos parecía estar verdaderamente en la selva virgen, observábamos gusanos, orugas, insectos, lagartijas, huevos de lagartijas entre los huecos de las maderas del cerco…